16 de Noviembre de 2020
Noticia

Don Segundo Gómez

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Viajando por la provincia de Neuquén hacia la localidad de Vista Alegre se divisa en lo alto la meseta patagónica: una zona casi desértica de jarilla, zampa y alpataco. 

En medio de ese páramo inconmensurable aparece de pronto un vergel. Allí vive Don Segundo Gómez, un catamarqueño de 73 años quien a fuerza de incesante riego consiguió transformar la aridez en prosperidad en un terreno de 50 metros por 80, teniendo como único recurso una canilla para uso doméstico. En esa zona donde el agua escasea y los vientos son por momentos implacables, él riega día y noche su producción con una simple manguera de jardín.

Una partecita de su historia es así: ya jubilado del oficio de electricista, que lo llevó a migrar de pueblo en pueblo durante muchos años, consiguió una parcela en un terreno fiscal del que ahora es propietario, se armó un ranchito de cantonera, se mudó y comenzó su aventura de cultivar alimentos. Un arte que conocía desde su infancia en el Norte argentino, porque desde los diez años había trabajado en la zafra de Salta y Jujuy y había aprendido a sembrar maíz y zapallo junto a su padre. El terreno lo emparejó a mano, sin máquinas y empezó con una huerta chiquita por la falta de agua, mientras se iba construyendo una casa de material.

“Un día, hace trece años atrás me han venido a visitar del INTA y arranqué a trabajar con esa gente linda”, cuenta. Desde ese entonces no solo es productor sino también promotor voluntario del ProHuerta. 

En su parcela, además de verduras y hortalizas plantó almendros, nogales, durazneros, vides, algarrobos, tunas que se trajo de Catamarca, rosales de todos los colores, cría animales de granja y está aprendiendo a cultivar hongos comestibles. “El año pasado coseché zapallos de 30 kilos y salí en una revista”, dice con orgullo. “Hago harina de algarroba artesanal en un mortero, conservas de ají picante que me las sacan de las manos, y vendo las tunas por docena. Hace poco me invitaron a llevar mi producción a una feria, y eso me pone muy contento porque pensaron en mí”, destaca.  

Lo que para este hombre empezó como una actividad para entretenerse “porque uno está jubilado, está de gusto” se transformó “en una terapia y una ayuda económica”. “Produzco para toda la familia (en Neuquén tiene dos hijas mujeres, un hijo varón y muchos nietos) vendo mis cositas y ayudo a la comunidad”, comenta. 

Sobre su trabajo voluntario con el ProHuerta relata que “a mí me gusta mucho colaborar con los técnicos del INTA porque ellos se acercan, me dan una mano, me tienen en cuenta, conversamos y eso me hace bien”. 

En tiempos pre-pandemia “la gente venía a mi parcela para las capacitaciones”, recuerda. “Los ingenieros Marcelo (González) y Pablo (Núñez) se juntaban acá a dar charlas, a hacer invernaderos. Me traían las ponedoras y yo las repartía. Hago lo mismo con las semillas, se las entrego a los que quieren laburar”. 

Antes del Covid, Don Segundo salía a vender su excedente puerta a puerta en bicicleta. Uno de sus recorridos fijos era el “Salón Amarillo”, un centro de jubilados que está a más de dos kilómetros de su casa. “Cargaba la bici con un cajoncito y un bolso con frutas y verduras y vendía todo”. Después me quedaba haciendo gimnasia, bailábamos, jugábamos al truco. Uno está un rato con otra gente, se divierte y eso es muy bueno”, asegura.

Incluso hasta 2017, cuando la Agencia de Extensión del INTA en Centenario tenía sede propia, él pedaleaba diez kilómetros de ida y vuelta una vez a la semana para compartir un mate y una charla con los técnicos. Cuando la Agencia se quedó sin edificio y fue mudada al IPAF Patagonia en otra localidad (a 25 km) no pudo ir más y ellos lo siguieron visitando cada vez que pudieron.  

“Acá agarramos dos pandemias” -afirma Don Segundo-. “La del gobierno anterior, porque depredaron y echaron a mucha gente que hacía cosas buenas, y después el Covid”. “Ojalá que en este tiempo se componga y se ponga mejor todo”, expresa.

En su vida cotidiana, a pesar de los problemas con el agua, la bomba que se rompe, la intensidad del viento que le hace volar la cubierta plástica de su invernáculo y los fuertes golpes que se pega de vez en cuando “por la edad”, Don Segundo manifiesta que “para mí todo esto es muy lindo.  Recién termino de almorzar y digo: ‘ahora voy a ver mis plantas’. Voy de lado a lado para mirar, revisar, para darles cariño. Yo les hablo todos los días. Cuando voy a trasplantar le doy gracias a Dios que estoy bien, que me ayuda, le pido que me crezcan las cosas, que no les pase nada. Y cuando cosecho le hago unas oraciones para tener salud y seguir trabajando”, relata. 

Con la sabiduría que le ha otorgado esa simbiosis con la naturaleza y su inagotable interés autodidacta por aprender, aconseja a quien tenga ganas de hacer huerta que “pruebe y trabaje, que le va a ayudar en su economía y le va a satisfacer”. “El contacto con la tierra nos alimenta, nos guía, nos hace revivir de vuelta. A usted le dan ganas de hacer algo y la tierra le responde”-sostiene. Su recomendación es que “así como uno siembra la verdura siempre hay que sembrar la amistad”. “Sembrando amistad se cosecha amistad”- concluye Don Segundo desde su vergel en plena Patagonia.

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Referencias

Localización geográfica:
    • Argentina
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